He intentado escribir de nuevo y todo lo que salía de mi mente era perverso. He roto todos los escritos y hasta rompí la pluma que me regaló el abuelo. Hoy he sentido la necesidad de reescribir, de volver a crear sintiendo, de inventarme en cada palabra un mundo completamente nuevo... Pero no tenía con qué hacerlo. Cuando ya estaba desesperada porque las historias acudían a mí claras y coherentes y no había forma de plasmarlas la he encontrado... allí estaba, roñosa y desgastada, apalancada en un cajón, a oscuras del mundo, estéril, sin poder crear... mi vicepluma. La que siempre me saca de apuros y a la que siempre acabo abandonando a su suerte.

 
 

 

 

   Atusó lo que quedaba de su hermoso plumaje. Sólo le había quedado intacta la pluma presidencial, que coronaba su cabeza. De las viceplumas que la rodeaban, sólo había sobrevivido una. Ya no habría competencia por la sucesión. respecto a las plebeplumas, estaban todas carbonizadas: negras y apestosas. ¡Maldita nochebuena! Capón sí, pero el rey del gallinero. Y encima los muy energúmenos no sabían cocinar porque... ¿A quien se le ocurre meterle vivo y emplumado al microondas? Burdos aprendices de Argiñano.. Pero bueno, ya iban a ver cuando entraran a la cocina y vieran los regalitos que había dejado. Se había cagado dentro de la lavadora y picoteado los filtros de café, justo antes de saltar por la ventana. La putada era que se había quedado enredado en el colgador del vecino de abajo. Pero la venganza estaba servida.

 
 

 

  

   Una caricia. Una leve y simple caricia, como si fuese tocado lentamente por una vicepluma, de esas largas y sedosas que se ocultan en la parte interior de las alas de los cisnes y que utilizaban las chicas de revista, cuando yo era joven, para iluminar sus alegres tocados; hubiera bastado para hacerme revivir. No quería más que sentir de nuevo algo de ternura, un toque de cariño que hiciese más llevaderos estos pesarosos días de hospital. Ahora es tarde, y ya no hay nadie para que venga a verme, nadie que comparta unas horas, unos minutos de su tiempo, con un pobre viejo como yo. Las únicas voces que oigo son las de los médicos y enfermeras hablando entre ellos, hablando de mí. No tengo fuerzas ni para abrir los ojos y, aunque lo intento, no puedo abrir la boca para decirles lo que quiero antes de que se apaguen todos los sonidos. Para decirles que no quiero irme sin volver a sentir el tibio calor de una mano sobre mi mejilla. Y estoy tan cansado...