Teníamos catorce años. las tardes de domingo, aquellas tardes de bocadillos de nocilla y fantasías adolescentes, las agotábamos hasta el exceso. Corriendo, manchándonos de barro y verdín, aún a sabiendas de la regañina que nos esperaba en casa, íbamos al solar que había tras el colegio. Allí vivíamos historias de piratas y de soldados en la Segunda Guerra mundial. A veces, con cuatro palos y los húmedos y cochambrosos cartones de algún frigorífico, construíamos una efímera cabaña, una especie de paratienda de campaña bajo la cual nos refugiábamos para contar historias picantes, masturbarnos compulsivamente o fumar nuestros primeros cigarrillos, entre toses y comentarios bravucones. Sé que cuando me hablan de la felicidad, siempre recuerdo aquellas tardes en las que teníamos catorce años.

 

    Allí estábamos. Éramos sin ser y nos amábamos solos ante el mundo. Desnudos. Inconscientes. Enamorados. Pletóricos de lo nuestro y de lo que no era nuestro. No hacía falta más. Ahora todo lo tenemos, que ya nada nos falta, que nuestro hogar ya no es aquella paratienda de campaña improvisada con harapos. Ahora que no somos ciegos y que la ceguera nos parece fea... Ahora en la comodidad y el bienestar ansiado ya no somos y sin embargo aunque estemos juntos ya no sabemos amarnos.

 

  

Arrastró su carrito lleno de cosas hasta la caja, pero la mujer que allí había ni siquiera le miró. Carraspeó un poco, y ella ni se inmutó. Carraspeó algo mas fuerte y entonces ella levantó la vista del libro que leía. Pero no hizo amago de atenderle.
- Perdone, ¿Podría cobrarme?
- ¿Cómo dice?
- Que si podría cobrarme.
    Ella le miró como si fuera estúpido y luego le señaló un cartel.
- ¿No lo ha leído?
    Cada vez mas mosqueado, se ace3rcó al cartel: "Paratienda Nicolasa" y en letra más pequeña "Indicada en terapias anticonsumistas. Busque, compare, pero no podrá llevarse las mercancías".
- ¿Qué tipo de tienda es esta?
- Lo que ha leído. Así que devuelva las cosas a sus estantes.
    No se lo podía creer. Pensando que era víctima de una cámara oculta, devolvió las cosas a su sitio. Pero al salir, pitó la alarma.
- ¿Qué demonios pasa? No me llevo nada.
- Ya, pero tiene que pagar seis euros por la terapia anticonsumista.